lunes, 3 de octubre de 2011

Lo que sé... de Kirk Douglas

Lo que sé
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Así contestó, a los 84 años, Kirk Douglas el cuestionario que conforma la excelente sección de la revista *Esquire* titulada. *“LO QUE SE”*
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* Mis hijos no tuvieron las ventajas que tuve yo en mi infancia: cuando uno viene de la pobreza más abyecta, no hay otra dirección adonde ir que no sea hacia arriba.
* Sé que el amor es más hondo a medida que uno se hace más viejo.
* Sé que todo el mundo tiene ego.
* Sé que, por más que a los judíos nos enseñen a leer en hebreo, no entendemos un carajo de lo que estamos leyendo. Cuanto más estudio la Torá menos religioso me vuelvo, y más espiritual quizá. En el último Yom Kippur opté por la traducción al inglés y descubrí que Dios no necesita que le cantemos alabanzas sino que seamos mejores como personas.
* Sé que cada hijo es diferente y que hay que darles soga, siempre: no aconsejarlos mucho y dejarlos cometer sus propios errores. Es como el pase inglés: uno tira los dados y espera a ver qué pasa. todo, por más errores que hayan cometido, y hayan hecho lo que hayan hecho, les debemos.
* Sé que, el que no quiere y valora a sus padres, es un ser muy infelíz, y lo será toda su vida pobrecillo de el, no quisiera estar en su lugar. Como explicará a sus hijos que no quiere a sus padres. Ellos devolverán de la
misma manera. Para pensar no?
*Sé que, el respeto y el amor a los padres jamás se debe perder por ninguna razón, a ellos les debemos perdonar todo, no nos alcanza la vida para pagarles, estamos vivos por ellos, y somos lo que somos por ellos, se entiende? soy padre y tengo hijos.
* Sé que, a veces, lo que te compromete te libera. Yo no quería ser actor de cine. Mi vida era el teatro y la primera vez que me llamaron de Hollywood rechacé el ofrecimiento. Pero entonces nació Michael y hacía falta más dinero, y me vine para acá.
* Sé que todo buen aprendizaje termina sólo cuando estás bien muerto.
* Sé que, si un hombre me diera a entender que nunca cometió un pecado en su vida, no me interesaría en lo más mínimo hablar con él.
* Sé que, el que odia y critica a una persona por algún motivo, (no importa cual), solo es porque no se aguanta ni él mismo, y es idéntico a la persona que critica, por eso lo ataca, generando mas odio interno a si
mismo. Penoso y lamentable.
* Sé que los musulmanes siguen a Mahoma; los cristianos a Jesús, y los judíos, a Moisés, pero es el mismo Dios, en mi opinión.
* Sé que hacer películas es una forma un poco cara de narcisismo.
* Sé que los hijos necesitan la misma cercanía física con el padre como con la madre. Cuando beso a mis hijos en la boca, alguna gente me mira raro, pero no me importa porque sé que no es una debilidad.
* Sé que Atrapado sin Salida fue una gran decepción en mi vida. Compré los derechos para cine, pero nadie quería hacer una película con eso. Entonces pagué para hacerlo en Broadway, pero tampoco. Había una línea en especial en el libro que me parecía inigualable: cuando McMurphy trata de arrancar el lavatorio de la pared delante de los demás internos y no puede. Y todos lo están mirando y él gira hacia ellos y les grita: ‘¡Por lo menos traté!’. Hay días en que pienso que ése debería ser mi epitafio.
* Sé que por algo es que la política se ha vuelto una mala palabra.
* Sé que hay cosas en la vida que uno nunca logra hacer como Dios manda. Jugar al golf, por ejemplo.
* He sobrevivido a la caída de un helicóptero, con cirugía vertebral incluida, a un infarto que casi me lleva al suicidio, tengo un marcapasos y problemas en el habla. ¿Y qué? Siempre me digo: la edad está en la cabeza. Es el único antídoto que permite seguir funcionando.
* Sé que millones de personas murieron por motivos religiosos: algo anda mal ahí, ¿no?
* Sé que esto puede pasar: uno se muere, lo llevan frente al barbudo sentado en el trono, uno pregunta si eso es el cielo y el barbudo responde: "¿El cielo ? De ahí acaba de venir, caballero".
* Sé que la única gente que puede destruir Israel son los judíos, porque su obstinación alimenta la división. Como decía aquel chiste en que se encuentran el presidente de los Estados Unidos y el de Israel y éste le
dice: ‘Sé que ha de ser difícil ser presidente de 250 millones de personas, pero ¿sabe lo que es ser presidente de cinco millones de presidentes?’
* Todo el mundo se la pasa hablando de los viejos tiempos: que las películas eran mejores, que los actores eran superiores, que la gente era más solidaria. Lo único que yo sé de los viejos tiempos es que ya pasaron.
* Sé que pensar un poco en los demás es una manera de distraerse de uno mismo. Creo que recién ahora empiezo a saber quién soy. Como si mis virtudes y mis defectos hubiesen estado hirviendo en una olla todos estos años y con el hervor se hubieran ido evaporando y convirtiéndose en humo, y lo que queda en el fondo de la olla es mi esencia, y se parece inquietantemente a aquello con lo que empecé al principio. Eso es lo que sé.

martes, 20 de septiembre de 2011

La elegía más bella de la lengua francesa

La Jornada Semanal, domingo 8 de junio del 2003, núm. 431.
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José Emilio Pacheco
Víctor Hugo y Gautier
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El poema a Théophile Gautier es juzgado por muchos la más bella elegía escrita en lengua francesa y da testimonio de una amistad ejemplar, rara en cualquier campo y sobre todo en el mundo literario.
En la batalla que sucedió al estreno de Hernani (1830) y marcó el triunfo de los románticos sobre los neoclásicos, Gautier, adolescente de diecinueve años, apareció con un chaleco rojo para apoyar a Víctor Hugo, entonces de veintiocho. En el prólogo a su novela Mademoiselle de Maupin (1835) Gautier formuló la teoría del arte por el arte, intento de preservarlo contra el desarrollo de la tecnología y defensa contra lo que Sainte-Beuve fue el primero en llamar la "literatura industrial".
Con Voyage en Espagne (1845), Gautier transformó a este país en la tierra exótica predilecta de los románticos. Los poemas de Emaux et cameés ("Esmaltes y camafeos") fueron la base de la escuela parnasiana que intentó conservar para la poesía algo de lo perdido ante el triunfo de la novela. En el parnasianismo encontró su punto de partida el modernismo de lengua española.
Baudelaire dedicó a Gautier Las flores del mal. Lo admiraron e imitaron tanto Gutiérrez Nájera y Rubén Darío como Ezra Pound y T.S. Eliot. Su poema "El arte" fue traducido en España por Enrique Diez Canedo y en México por Balbino Dávalos. Gautier, que había nacido en 1811, murió a los sesenta y un años en 1872. Al lamentar su muerte y exaltar su obra, Víctor Hugo inicia de hecho el sentimiento del fin de siglo y se despide de una época dorada para la literatura francesa.
Su hija Judith Gautier (1850-1918), célebre por su talento y su belleza, fue el último y casi incestuoso amor de Víctor Hugo. Después se casaría con Catulle Mendés y con Pierre Loti. A ella se debe la introducción de la poesía japonesa en Europa. Primera mujer que entró en la Academia Goncourt, Judith Gautier publicó una novela, hasta ahora no identificada, en que se basó Gutiérrez Nájera para escribir Por donde se sube al cielo, el libro descubierto por Belén Clark de Lara que cambia la historia del modernismo y ahora es fácil de conseguir en la serie Ronda de Clásicos Mexicanos, dirigida por Antonio Saborit.
Hoy, y no sólo por Los miserables, Hugo es un clásico universal y un contemporáneo del siglo xxi. Pocos se acuerdan de Gautier. Es nuestra oportunidad de conocerlo o releerlo.
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Elegía a Théophile Gautier
Víctor Hugo
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Poeta, amigo, espíritu: de nuestra noche huyes.
Dejas nuestros rumores y en la gloria te incluyes.
Tu nombre desde ahora brillará entre las cimas.
Yo admiré tu persona y tu prosa y tus rimas.
Muchas veces en medio de nuestro altivo vuelo
Apoyé mi entusiasmo en tu alma sin recelo.
Ahora que ya los años mi cabeza han nevado
Siento joven y cerca nuestro hermoso pasado.
Sueño con aquel tiempo que vio nuestras auroras,
Con tormentas, con luchas, con arenas sonoras,
Con el arte que al pueblo se acercó estremecido:
Vasto viento sublime hoy ya desvanecido.
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Hijo de Grecia antigua y de Francia moderna,
Respetaste a los muertos y tu esperanza eterna
Jamás cerró los ojos al magno porvenir.
Hechicero de Tebas y druida en tu menhir
Y flamen junto al Tíber y en el Ganges brahmán:
Desde tu arco divino flechas de ángel irán
A clavarse en los flancos de Aquiles y Rolando.
Tú, herrero misterioso que viviste forjando
Los mil rayos solares en unánime llama,
En tu alma el ocaso con la aurora se inflama:
Ayer y hoy se entrecruzan en tu mente fecunda;
Sacralizas lo antiguo en que lo nuevo funda
La voz con que habló al cielo aquel desconocido
Que en violento relámpago hasta el pueblo ha ascendido
Para amarlo, escucharle, mirar su corazón
Y transformarlo en cantos de belleza y pasión.
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Sereno desdeñaste de la calumnia el filo
Que ha dejado su baba en Shakespeare y en Esquilo.
Probaste que este siglo su propio aire respira
Y que el arte adelanta nada más cuando gira
Para transfigurarse y encontrar la belleza
Que embellece lo bello y exalta la grandeza.
Gautier, nadie te olvida gritando de alegría
Cuando mi drama hizo de París pieza mía,
Cuando el antiguo invierno fue muerto por Floreal
Y la insólita estrella de ese moderno ideal
Brilló de pronto en flamas sobre el cielo y acaso
Tomó nuestro hipogrifo el lugar de Pegaso.
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Te saludo en la boca de la tumba severa.
Tú, que hallaste lo bello, la verdad verdadera,
Ya subes desde ahora por los hoscos peldaños,
Pasas bajo las sombras por los arcos extraños;
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Muerto que avanza firme hacia el oscuro abismo,
En esta hora suprema que es el término mismo,
Como águila que vuela sin temor ni amargura
Porque otear precipicios es su eterna aventura.
Vas a ver lo absoluto, lo más real, lo sublime.
Sentirás la tormenta que en el cenit oprime
Y del prodigio eterno el vértigo sagrado.
Tienes en lo más alto tu Olimpo asegurado.
Desde tu inmensa cumbre lo humano es lastimero,
Ya se trate de Job, ya se trate de Homero.
En las divinas cumbres hallarás a Jehová.
Abre las alas, sube, tuyo el cielo será.
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Cuando un vivo nos deja yo, mudo, lo contemplo,
Porque entrar en la muerte es entrar en un templo.
Y cuando un hombre muere reconozco enseguida
Que con él se aproxima mi hora de partida.
El destino me cubre con su fatalidad.
Mi muerte ha comenzado: se llama soledad.
Veo mi noche profunda vagamente estrellada.
Comprendo que mi hora pronto estará segada.
El hilo de mi vida cercenan las tijeras.
Negro viento me roza con sus alas severas.
Sigo a quienes me amaron, ya triunfante o proscrito.
Sus miradas me atraen al abismo infinito.
Allá voy. No me cierren la puerta funeraria.
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Pasemos. Es la ley. La muerte es necesaria.
Todo cae. Este siglo con sus mil esplendores
Entre en la sombra eterna como los anteriores.
Y qué ruido salvaje y qué tristes debacles
De esos robles que talan para el fuego de Heracles.
El corcel de la muerte relincha de alegría
Porque al fin se marchita la era que fue mía.
Nuestro soberbio siglo que domó tempestades
Expira con Gautier. Y en estas soledades
Ya poco importa ahora la grandeza que fue.
Parto siguiendo a Dumas, Lamartine y Musset.
Se ha secado la fuente de eterna juventud.
El agua que bebemos es nuestra finitud.
Con su hoz afilada ya la cruel segadora
Corta la última espiga. Se aproxima la hora.
Vi de frente la noche y ya no sé dormir.
Todo destino humano lo puedo predecir.
Mis ojos se han llenado de un agua dolorosa
Y lloro ante la cuna y sonrío ante la fosa.
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Traducción de José Emilio Pacheco

miércoles, 6 de abril de 2011

Carta de Javier Sicilia

Estamos hasta la madre...
(Carta abierta a los políticos y a los criminales)
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JAVIER SICILIA
REVISTA PROCESO 1796 / ABRIL 2011
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El brutal asesinato de mi hijo Juan Francisco, de Julio César Romero Jaime, de Luis Antonio Romero Jaime y de Gabriel Anejo Escalera, se suma a los de tantos otros muchachos y muchachas que han sido igualmente asesinados a lo largo y ancho del país a causa no sólo de la guerra desatada por el gobierno de Calderón contra el crimen organizado, sino del pudrimiento del corazón que se ha apoderado de la mal llamada clase política y de la clase criminal, que ha roto sus códigos de honor.
No quiero, en esta carta, hablarles de las virtudes de mi hijo, que eran inmensas, ni de las de los otros muchachos que vi florecer a su lado, estudiando, jugando, amando, creciendo, para servir, como tantos otros muchachos, a este país que ustedes han desgarrado. Hablar de ello no serviría más que para conmover lo que ya de por sí conmueve el corazón de la ciudadanía hasta la indignación. No quiero tampoco hablar del dolor de mi familia y de la familia de cada uno de los muchachos destruidos. Para ese dolor no hay palabras –sólo la poesía puede acercarse un poco a él, y ustedes no saben de poesía–. Lo que hoy quiero decirles desde esas vidas mutiladas, desde ese dolor que carece de nombre porque es fruto de lo que no pertenece a la naturaleza –la muerte de un hijo es siempre antinatural y por ello carece de nombre: entonces no se es huérfano ni viudo, se es simple y dolorosamente nada–, desde esas vidas mutiladas, repito, desde ese sufrimiento, desde la indignación que esas muertes han provocado, es simplemente que estamos hasta la madre.
Estamos hasta la madre de ustedes, políticos –y cuando digo políticos no me refiero a ninguno en particular, sino a una buena parte de ustedes, incluyendo a quienes componen los partidos–, porque en sus luchas por el poder han desgarrado el tejido de la nación, porque en medio de esta guerra mal planteada, mal hecha, mal dirigida, de esta guerra que ha puesto al país en estado de emergencia, han sido incapaces –a causa de sus mezquindades, de sus pugnas, de su miserable grilla, de su lucha por el poder– de crear los consensos que la nación necesita para encontrar la unidad sin la cual este país no tendrá salida; estamos hasta la madre, porque la corrupción de las instituciones judiciales genera la complicidad con el crimen y la impunidad para cometerlo; porque, en medio de esa corrupción que muestra el fracaso del Estado, cada ciudadano de este país ha sido reducido a lo que el filósofo Giorgio Agamben llamó, con palabra griega, zoe: la vida no protegida, la vida de un animal, de un ser que puede ser violentado, secuestrado, vejado y asesinado impunemente; estamos hasta la madre porque sólo tienen imaginación para la violencia, para las armas, para el insulto y, con ello, un profundo desprecio por la educación, la cultura y las oportunidades de trabajo honrado y bueno, que es lo que hace a las buenas naciones; estamos hasta la madre porque esa corta imaginación está permitiendo que nuestros muchachos, nuestros hijos, no sólo sean asesinados sino, después, criminalizados, vueltos falsamente culpables para satisfacer el ánimo de esa imaginación; estamos hasta la madre porque otra parte de nuestros muchachos, a causa de la ausencia de un buen plan de gobierno, no tienen oportunidades para educarse, para encontrar un trabajo digno y, arrojados a las periferias, son posibles reclutas para el crimen organizado y la violencia; estamos hasta la madre porque a causa de todo ello la ciudadanía ha perdido confianza en sus gobernantes, en sus policías, en su Ejército, y tiene miedo y dolor; estamos hasta la madre porque lo único que les importa, además de un poder impotente que sólo sirve para administrar la desgracia, es el dinero, el fomento de la competencia, de su pinche “competitividad” y del consumo desmesurado, que son otros nombres de la violencia.
De ustedes, criminales, estamos hasta la madre, de su violencia, de su pérdida de honorabilidad, de su crueldad, de su sinsentido.
Antiguamente ustedes tenían códigos de honor. No eran tan crueles en sus ajustes de cuentas y no tocaban ni a los ciudadanos ni a sus familias. Ahora ya no distinguen. Su violencia ya no puede ser nombrada porque ni siquiera, como el dolor y el sufrimiento que provocan, tiene un nombre y un sentido. Han perdido incluso la dignidad para matar. Se han vuelto cobardes como los miserablesSonderkommandos nazis que asesinaban sin ningún sentido de lo humano a niños, muchachos, muchachas, mujeres, hombres y ancianos, es decir, inocentes. Estamos hasta la madre porque su violencia se ha vuelto infrahumana, no animal –los animales no hacen lo que ustedes hacen–, sino subhumana, demoniaca, imbécil. Estamos hasta la madre porque en su afán de poder y de enriquecimiento humillan a nuestros hijos y los destrozan y producen miedo y espanto.
Ustedes, “señores” políticos, y ustedes, “señores” criminales –lo entrecomillo porque ese epíteto se otorga sólo a la gente honorable–, están con sus omisiones, sus pleitos y sus actos envileciendo a la nación. La muerte de mi hijo Juan Francisco ha levantado la solidaridad y el grito de indignación –que mi familia y yo agradecemos desde el fondo de nuestros corazones– de la ciudadanía y de los medios. Esa indignación vuelve de nuevo a poner ante nuestros oídos esa acertadísima frase que Martí dirigió a los gobernantes: “Si no pueden, renuncien”. Al volverla a poner ante nuestros oídos –después de los miles de cadáveres anónimos y no anónimos que llevamos a nuestras espaldas, es decir, de tantos inocentes asesinados y envilecidos–, esa frase debe ir acompañada de grandes movilizaciones ciudadanas que los obliguen, en estos momentos de emergencia nacional, a unirse para crear una agenda que unifique a la nación y cree un estado de gobernabilidad real. Las redes ciudadanas de Morelos están convocando a una marcha nacional el miércoles 6 de abril que saldrá a las 5:00 PM del monumento de la Paloma de la Paz para llegar hasta el Palacio de Gobierno, exigiendo justicia y paz. Si los ciudadanos no nos unimos a ella y la reproducimos constantemente en todas las ciudades, en todos los municipios o delegaciones del país, si no somos capaces de eso para obligarlos a ustedes, “señores” políticos, a gobernar con justicia y dignidad, y a ustedes, “señores” criminales, a retornar a sus códigos de honor y a limitar su salvajismo, la espiral de violencia que han generado nos llevará a un camino de horror sin retorno. Si ustedes, “señores” políticos, no gobiernan bien y no toman en serio que vivimos un estado de emergencia nacional que requiere su unidad, y ustedes, “señores” criminales, no limitan sus acciones, terminarán por triunfar y tener el poder, pero gobernarán o reinarán sobre un montón de osarios y de seres amedrentados y destruidos en su alma. Un sueño que ninguno de nosotros les envidia.
No hay vida, escribía Albert Camus, sin persuasión y sin paz, y la historia del México de hoy sólo conoce la intimidación, el sufrimiento, la desconfianza y el temor de que un día otro hijo o hija de alguna otra familia sea envilecido y masacrado, sólo conoce que lo que ustedes nos piden es que la muerte, como ya está sucediendo hoy, se convierta en un asunto de estadística y de administración al que todos debemos acostumbrarnos.
Porque no queremos eso, el próximo miércoles saldremos a la calle; porque no queremos un muchacho más, un hijo nuestro, asesinado, las redes ciudadanas de Morelos están convocando a una unidad nacional ciudadana que debemos mantener viva para romper el miedo y el aislamiento que la incapacidad de ustedes, “señores” políticos, y la crueldad de ustedes, “señores” criminales, nos quieren meter en el cuerpo y en el alma.
Recuerdo, en este sentido, unos versos de Bertolt Brecht cuando el horror del nazismo, es decir, el horror de la instalación del crimen en la vida cotidiana de una nación, se anunciaba: “Un día vinieron por los negros y no dije nada; otro día vinieron por los judíos y no dije nada; un día llegaron por mí (o por un hijo mío) y no tuve nada que decir”. Hoy, después de tantos crímenes soportados, cuando el cuerpo destrozado de mi hijo y de sus amigos ha hecho movilizarse de nuevo a la ciudadanía y a los medios, debemos hablar con nuestros cuerpos, con nuestro caminar, con nuestro grito de indignación para que los versos de Brecht no se hagan una realidad en nuestro país.
Además opino que hay que devolverle la dignidad a esta nación.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Carta de Álvaro Obregón a su hijo

Cajeme, Sonora, junio 27 de 1928
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Sr. Humberto Obregón.
México, D.F.
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Mi querido hijo Humberto:
Este día reviste gran trascendencia en tu vida porque marca la fecha en que llegas a la mayoría de edad, produciendo este acontecimiento la transición de mayor importancia en la vida del hombre. Hoy asumes, por ministerio de la ley, el honroso título de ciudadano y te substraes de la patria potestad que a tu padre ponía en posesión de la dirección de tus actos; asumes por lo mismo, toda la responsabilidad de tu futuro, sin que esto signifique -por supuesto- que yo me considere relevado de la constante obligación que los padres tenemos para aconsejar y apoyar a nuestros hijos. Y he querido, con motivo de esta fecha, darte algunos consejos derivados de los conocimientos adquiridos con mi experiencia y con el conocimiento del corazón humano, que la intensidad de mi vida me ha permitido adquirir y del privilegio que del destino he recibido al permitirme actuar en todas las clases sociales que integran la familia humana.
No pretendo incurrir en el error tan común en los padres, de querer transmitir su propia experiencia a los hijos; si la juventud es tan hermosa, lo es precisamente porque carece de esa experiencia. La experiencia no es sino el resumen de todas las rectificaciones que el tiempo, al transcurrir, viene haciendo del bello concepto que de la vida y de nuestros semejantes nos formamos, desde que entramos en posesión de nuestras propias facultades.
Lo primero que necesitan los hombres para orientar sus facultades en la vida, y para protegerse y defenderse de las circunstancias que le son adversas y que por causas ajenas a su voluntad convergen sobre su voluntad, es clasificarse. Clasificarse ha sido uno de los problemas, cuyo alcance, son muy pocos los que saben comprender. Tú debes, por lo tanto, empezar por hacerlo y voy a auxiliarte con mi experiencia.
Tú perteneces a ese grupo de ineptos que integran, con muy raras excepciones, los hijos de personas que han alcanzado posiciones más o menos elevadas, que se acostumbran desde su niñez a recibir toda clase de atenciones y agasajos, y a tener muchas cosas que los demás niños no tienen y que van por esto, perdiendo la noción de las grandes verdades de la vida y penetrando en un mundo que lo ofrece todo sin exigir nada, creándoles una impresión de superioridad que llega a hacerles creer que sus propias condiciones son las que los hacen acreedores de esa posición privilegiada. Los que nacen y crecen bajo el amparo de posiciones elevadas, están condenados por una ley fatal, a mirar siempre para abajo, porque sienten que todo lo que les rodea está más abajo del sitio en que a ellos los han colocado los azares del destino, y cualquier objetivo que elijan como una idealidad de sus actividades, tiene que ser inferior al plano en el que ellos se encuentran.
En cambio, los que pertenecen a las clases humildes y se desarrollan en el ambiente de modestia máxima, están destinados, felizmente, a mirar siempre para arriba porque todo lo que les rodea es superior al medio en que ellos actúan, lo mismo en el panorama de sus ojos que en el de su espíritu, y todos los objetivos de su idealidad tienen que buscarlos siempre sobre planos ascendentes.
Y en ese constante esfuerzo por liberarse de la posición desventajosa en que las contingencias de la vida los han colocado, fortalecen su carácter y apuran su ingenio, y logran en muchos casos adquirir una preparación que les permita seguir una trayectoria siempre ascendente. El ingenio, que no es una ciencia y que, por lo tanto, no se puede aprender en ningún centro de educación, significa el mejor aliado en la lucha por la vida y sólo pueden adquirirlo los que han sido forzados por su propio destino a encontrarlo en el constante esfuerzo de sus propias facultades. El ingenio no es patrimonio de los niños o jóvenes que han realizado ningún esfuerzo para adquirir lo que necesitan.
El valor de las cosas, lo determina el esfuerzo que se realiza para adquirirlas y cuando todo puede obtenerse sin realizar ninguno, se pierde la noción de lo que el esfuerzo vale y se ignora el importante papel que éste desempeña en la resolución de los problemas importantes de la vida, y el tiempo que nos sobra, nos aleja de la virtud y nos acerca al vicio. Y éste es el otro factor negativo para los que nacen al amparo de posiciones ventajosas.
Todos los padres generalmente recomiendan a sus hijos huir de los vicios. Yo he creído siempre que existe un solo vicio, que se llama “exceso” y que de éste, deben todos los hombres tratar de liberarse. Yo conozco casos de muchas personas que de la virtud hacen un vicio, cuando se han excedido en practicarla. Procura siempre no incurrir en ningún exceso y nadie podrá decir que tengas un solo vicio.
El objetivo lógico de todo hombre que se inicia en la lucha por la vida, debe encaminarse a obtener todo aquello que le es indispensable para la satisfacción de sus propias necesidades. Obtener lo indispensable y hasta lo necesario resulta relativamente fácil para un hombre honesto, que no practica ningún exceso que le reste su tiempo y le mengüe los ingresos de su trabajo. Cualquier esfuerzo encaminado a realizar estos propósitos, estará siempre justificado y es siempre reconocido por todos nuestros semejantes, pero si se incurre en el error, tan común desgraciadamente, de caer bajo la influencia de lo superfluo, todo sacrificio resultará estéril, porque el mundo de lo superfluo es infinito, no reconoce límites y son mayores sus exigencias mientras mayor satisfacción se pretende darle.
Es lo superfluo el más grande enemigo de la familia humana, y a este imperio de la vanidad se ha sacrificado mucho del bienestar y de la tranquilidad que los hombres disfrutarían, si a sus imperativos hubieran logrado substraerse, y se ha perdido mucho del honor que en holocausto a lo superfluo se ha sacrificado.
De todas estas verdades, solamente pueden librarse los que, teniendo un espíritu superior, llegan a constituir las excepciones de las reglas que siempre se refieren a los casos normales. Si tú logras constituir una de esas excepciones, tendrás que aceptar que has sido un privilegiado del destino, logrando así para honor tuyo y satisfacción de tu padre, librarte de los precedentes establecidos y podrás crearte una personalidad propia, cuyo mérito lograrás sin esfuerzo que todos reconozcan.
Éstos son los deseos de tu padre y lo serían de tu madre, si a ella el destino no la hubiera privado de la infinita ventura que una madre debe experimentar cuando su hijo primogénito llega a su mayoría de edad, sin haberles dado a sus padres un motivo de rubor o pesar como es el caso tuyo.
Gral. Álvaro Obregón

martes, 1 de febrero de 2011

Desiderata, de Max Ehrman

Desiderata – Max Ehrman

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Camina placidamente entre el ruido y el bullicio
y observa la paz que pueda haber en el silencio.
Hasta el punto en que te sea posible,
procura estar en buena armonía con todos.

Expón tu parecer en forma reposada y clara,
y escucha a los demás que,
aunque sean lerdos e ignorantes,
ellos también tienen algo que decirte.

Evita las personas ruidosas y agresivas
que constituyen una vejación para el espíritu.
Si te comparas con otros,
puedes volverte petulante o amargado
porque siempre hay alguien que es inferior o superior.

Interésate siempre por lo que haces,
por muy humilde que sea tu tarea
porque es algo que siempre perdurará,
aunque las circunstancias cambien.

Se precavido en tus negocios
porque el mundo esta lleno de astucia.
Pero, que la precaución no te impida ver
donde está la virtud,
pues hay muchas personas que luchan en pro
de elevados ideales
y toda vida está llena de heroísmo.

Sé sincero. En especial, no finjas afecto
ni seas cínico en relación con el amor,
porque a fin de cuentas, la aridez y el desencanto
son tan perennes como la hierba.

Toma resignadamente el consejo de los años,
renunciando gallardamente a las cosas de la juventud,
y no te preocupes por temores imaginarios,
pues muchos de ellos son producto
de la fatiga y de la soledad.

Por encima de toda disciplina edificante,
sé benévolo contigo mismo.
Tú eres un ente del universo,
no inferior a los árboles y los planetas.

Tienes derecho a estar aquí.
Y lo entiendas o no,
el universo se desarrolla
como debe hacerlo.

Por lo tanto, procura estar en paz con Dios,
cualquiera sea la forma en que le concibes.
Y cualquiera que sean tus obras y tus aspiraciones,
en la ruidosa confusión de la vida,
procura estar en paz contigo mismo,
porque con todo desequilibrio,
con toda maldad,
es, sin embargo, un hermoso mundo.

Así es que ten cuidado.
Esfuérzate por ser feliz.
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Max Ehrmann

DESIDERATA
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Camina plácido entre el ruido y la prisa y recuerda
qué paz se puede encontrar en el silencio.
En cuanto sea posible y sin rendirte,
mantén buenas relaciones con todas las personas.
Enuncia tu verdad de una manera serena y clara
y escucha a los demás, incluso al torpe e ignorante, también ellos tienen su propia historia.
Esquiva a las personas ruidosas y agresivas,
ya que son un fastidio para el espíritu.
Si te comparas con los demás, te volverás
vano y amargado,
pues siempre habrá personas
más grandes y más pequeñas que tú.
Disfruta de tus éxitos lo mismo que de tus planes.
Mantén el interés en tu propia carrera
por humilde que sea,
ella es un verdadero tesoro
en el fortuito cambiar de los tiempos.
Sé cauto en tus negocios
pues el mundo está lleno de engaños,
mas no dejes que esto te vuelva ciego
para la virtud que existe.
Hay muchas personas que se esfuerzan
por alcanzar nobles ideales.
La vida está llena de heroísmo.
Sé sincero contigo mismo,
en especial no finjas el afecto.
Y no seas cínico en el amor,
pues en medio de todas las arideces y desengaños,
es perenne como la hierba.
Acata dócilmente el consejo de los años
abandonando con donaire las cosas de la juventud.
Cultiva la firmeza del espíritu,
para que te proteja en las adversidades repentinas.
Muchos temores nacen de la fatiga y la soledad.
Sobre una sana disciplina, sé benigno contigo mismo.
Tú eres una criatura del universo.
No menos que las plantas y las estrellas,
tienes derecho a existir.
Y sea que te resulte claro o no,
indudablemente el universo marcha como debiera.
Por eso debes estar en paz con Dios
cualquiera que sea tu idea de El.
Y sean cualesquiera tus trabajos y aspiraciones, conserva la paz con tu alma
en la bulliciosa confusión de la vida.
Aún con toda su falsía, sus dolores y sueños fallidos, el mundo es todavía hermoso.
Sé cauto, ¡esfuérzate por ser feliz!
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http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/pedidos/Desiderata.asp

martes, 17 de agosto de 2010

Discurso de Gettysburg, de Abraham Lincoln

En noviembre de 1863, Abraham Lincoln pronunció su famoso Discurso de Gettysburg. Dicho discurso es considerado como uno de los más famosos y citados en la época moderna:
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Hace ocho décadas y siete años, nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación concebida en la libertad y consagrada al principio de que todas las personas son creadas iguales.
Ahora estamos empeñados en una gran guerra civil que pone a prueba si esta nación, o cualquier nación así concebida y así consagrada, puede perdurar en el tiempo. Estamos reunidos en un gran campo de batalla de esa guerra. Hemos venido a consagrar una porción de ese campo como último lugar de descanso para aquellos que dieron aquí sus vidas para que esta nación pudiera vivir. Es absolutamente correcto y apropiado que hagamos tal cosa.
Pero, en un sentido más amplio, nosotros no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos santificar este terreno. Los valientes hombres, vivos y muertos, que lucharon aquí lo han consagrado ya muy por encima de nuestro pobre poder de añadir o restarle algo. El mundo apenas advertirá y no recordará por mucho tiempo lo que aquí decimos, pero nunca podrá olvidar lo que ellos hicieron aquí. Somos, más bien, nosotros, los vivos, los que debemos consagrarnos aquí a la tarea inconclusa que, aquellos que aquí lucharon, hicieron avanzar tanto y tan noblemente. Somos más bien los vivos los que debemos consagrarnos aquí a la gran tarea que aún resta ante nosotros: que, de estos muertos a los que honramos, tomemos una devoción incrementada a la causa por la que ellos dieron hasta la última medida completa de celo. Que resolvamos aquí, firmemente, que estos muertos no habrán dado su vida en vano. Que esta nación, Dios mediante, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la Tierra.
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Tomado de:

miércoles, 9 de junio de 2010

Sobre Carlos Monsiváis

Introducción no pedida a Carlos Monsiváis*
Tanius Karam
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La verdadera prueba de una inteligencia superior es poder conservar simultáneamente en la cabeza dos ideas opuestas y seguir funcionando; admitir por ejemplo que las cosas no tienen remedio y mantenerse sin embargo decidido a cambiarlas.
Scott Fitzgerald
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Las recientes noticias sobre la deteriorada salud del escritor Carlos Monsiváis, nos motiva para una reflexión introductoria sobre su obra. El autor de Los rituales del caos, se encuentra convaleciente en un nosocomio del sur de la ciudad. A principios del mes de abril trascendió que se encontraba hospitalizado por un problema de salud. De acuerdo a las últimas informaciones, aunque todavía hay que mantener la cautela, diversas fuentes periodísticas aseguran que el autor ha respondido de forma satisfactoria al tratamiento que recibe en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán de la Ciudad de México, donde ingresó como consecuencia de una crisis respiratoria.
El escritor ha estado en el área de cuidados intensivos. El Universal ha reproducido por ejemplo que Monsiváis está “consciente, tranquilo y de buen ánimo pero algo cansado”. Asimismo, al ser consultados por La Jornada, los especialistas que se encargan de su salud se mostraron optimistas respecto a la evolución del ensayista porque “puede respirar por su propio esfuerzo y su corazón está en perfecto estado”.
Por la importancia de su obra y la necesaria difusión de su pensamiento ofrecemos aquí una introducción no pedida. Monsiváis por otra parte es un amigo del proyecto de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. En mayo 2008, a propósito de los 70 años de vida del autor, nuestra universidad le entregó un sui géneris título honorario “Doctorado Honoris Causas Perdidas”, al mismo tiempo organizó un coloquio para celebrar, reflexionar y difundir la obra del autor.
¡Ánimo Carlos!
En 1954 Sergio Pitol y Carlos Monsiváis participaban en un Comité Universitario de solidaridad con Guatemala, y distribuían volantes y acudían juntos a manifestaciones; en una de las manifestaciones pudieron ver a Frida Kahlo, rodeada por Diego Rivera, Carlos Pellicer, Juan O’Gorman, entre otros. Era una manifestación de apoyo al gobierno de Jacobo Arbenz que en ese momento había sido víctima del golpe de Estado que orquestó la Central Intelligence Agency para poner a Castillo Armas.
Un año después en 1955 Monsiváis asiste a un concierto de Bola de Nieve. Su deseo de que esos dos actos no fueran material para el olvido lo hizo registrarlos en sendas crónicas; con ellas marcó el inicio de su quehacer literario y periodístico. Desde ellas Carlos Monsiváis sería el escritor atento a lo inmediato, aquél que vislumbró que lo fugitivo, bien escrito, permanece.
Los primeros trabajos de Carlos Monsiváis, aparecen junto con los de José Emilio Pacheco en la revista Estaciones de Elías Nandino. El relato ficcional de Monsiváis fue Fino acero de niebla; relato extraño que nada tenía que ver con la literatura que se escribía entonces, Pitol evoca: “Su lenguaje era popular, pero muy estilizado; y la construcción, eminentemente elusiva. Exigía del lector un esfuerzo para más o menos orientarse. [...] Monsiváis reunía en sus cuentos dos elementos que definiría más tarde su personalidad: un interés por la cultura popular, en ese caso el lenguaje de los barrios bravos, y una pasión por la forma, instancias que por lo general no suelen coincidir”.
Monsiváis es otro polígrafo cultural de nuestro tiempo en perpetua expansión, “un sindicato de escritores, una legión de heterónimos que por excentricidad firma con el mismo nombre”. Mr Memory, como lo llama Pitol es también un gran historiador de las costumbres y las ideas que ha sabido sobre todo transportar los más diversos referentes y tópicos en esa autopista que va del centro a la periferia y le permite dialogar. Uno de sus rasgos estilísticos y temáticas es la producción de textos donde detalles de la vida cotidiana se dan la mano con los grandes de la cultura occidental. No es casual que la idea centralidad-periferia aparezca en esa crónica biográfica que Monsiváis hiciera hace unos años del eximio ex cronista de la ciudad Salvador Novo.
La relación Novo-Monsiváis nos lleva a resaltar dos características: la preocupación sobre las minorías, sus campos de manifestación, su historia, su proceso de lucha. Novo es personalidad que irrumpe contra la sociedad pequeño-burguesa de su época y una primera reivindicación de la diferencia en la sociedad urbana un poco más monolítica del medio siglo.
Un segundo punto más sutil que hermana a ambos escritores es la vocación literaria por el detalle, el enciclopedismo y la diversidad de registros textuales que alterna informaciones sofisticadas de la “alta cultura” con datos de la cotidianidad, los gustos y las necesidades sociales que el escritor percibe. Si se puede hablar de Monsiváis como un “comunicador” es en la idea de lo que Martín Barbero adviene al papel del profesional de la comunicación: hacer comunicables diversos puntos de la cultural: lo urbano con lo rural, lo poético con el arrabal, el cine con la literatura, el kitsch con la oratoria política.
De sus tópicos y preocupaciones una de las más recurrentes es la idea de la ciudad, al grado que bien puede considerarse Monsiváis como el cronista no oficial de esta megalópolis. La ciudad es la síntesis desde la cual Monsiváis reflexiona. Castañón lo llama un hombre llamado ciudad. A la ciudad orgullo de Novo, Monsiváis describe los rituales de la ciudad-apocalipsis, sus transformaciones y cambios; en sus crónicas el autor de Escenas de pudor... ha logrado registrar literariamente el absurdo cotidiano de la ciudad; el caos que miramos y del que somos parte.
La ciudad fascina a Monsiváis desde su origen, su natal Portales, el metro, la aparición de los medios de información, las calles que caminan los escritores, los sueños y fantasmas que también la pueblan forman parte de ese tejido fascinante que lejos de entender Monsiváis quiere describir, contar. En broma o en serio Monsiváis ha dicho que al morir quiere que sus cenizas sean esparcidas en la pista del California Dancing Club, para que bailen sobre ellas además que este tradicional lugar de baile queda muy cercano al lugar donde vive.
En su múltiple origen su fascinación por la ciudad lo es por la literatura. De adolescente recuerda el contacto del cronista Valle Arizpe quien su muerte en 1965 cedió su puesto de cronista de la ciudad a Novo. Más tarde los recorridos. Es la experiencia de ciudad, del cine y el radio eternamente prendido en su casa que sin proponérselo constituye su primer maestro y lo popular, la ciudad, todo él se concreta y verifica, se “comunica” en la ciudad y los múltiples rostros cuyos cambios les toca verificar en esa década sedes de la gran expansión de la industria mediática.
Podemos entender por qué “Naranjo” dibujó a Monsiváis como un malabarista. Es uno de los escritores más hábiles para moverse en los campos fronterizos de la oralidad y la escritura, la ficción y la realidad, lo privado y lo público, lo hegemónico y lo alternativo. Resulta muy difícil señalarlo únicamente como periodista o cronista, aunque ésta sea por síntesis y simplificación el género al que inicialmente lo relacionamos. A Monsiváis pueden aplicarse aquellas palabras que él mismo dijera de Alfonso Reyes: “[...] totalidad literaria, el mundo entendido como estar concentrado en la página, en la hechura del artículo, del ensayo, del poema, del libro. No concibe el descanso y se ve a sí mismo como una obra”.
La grandeza de Monsiváis radica, según Domínguez Michael, en su capacidad para crear la ilusión que Monsiváis siempre ha estado ahí, en ese último trecho del siglo (1968-2000). Esa peregrinación rutinaria que es la vida pública de Monsiváis alimenta heréticos deseos parricidas y excita la curiosidad de imaginar si México podría sobrevivir sin su vigilancia. Pero la jefatura espiritual —sigue Domínguez— que Monsiváis ejerce sobre esa opinión pública que él tanto contribuyó a rebautizar, ampliando sus límites, como Sociedad Civil, exige una crítica permanente y severa, un auténtico y etimológico reconocimiento.
El autor de Entrada libre, bien puede compararse con la figura de un sacerdote laico que busca la salvación mediante la interpretación, de la grey; un cruzado cuya feligresía es la sociedad civil. Y ese carácter público provoca y anima que la iglesia invisible, al escuchar su voz o ver su rostro se arremoline junto a él para celebrar las primicias del análisis y el humor, el embate y encuentro más disímbolo e inimaginable de santos y fantasmas, ritos y fobias en la historia de este país.
Otro de los rasgos más prototípicos de su prosa y presentaciones públicas es humor e ironía, como todas y cada una de sus virtudes son una segunda piel que le permiten relacionarse con el mundo. Los románticos, a quienes les fascinaba la ironía, dieron una buena respuesta a esta pregunta; Friedrich Schlegel pensaba que era necesario reconocer que el mundo es esencialmente paradójico, y que por lo tanto sólo es posible comprenderlo con una actitud ambivalente.
Roger Bartra en su zaga de estudio sobre mexicanidad (La Jaula de la melancolía) y post-mexicanidad (La sangre y la tinta...) sugiere la ironía para romper el círculo hermenéutico engendrados por todos los mitos nacionalistas-revolucionarios. En ese sentido Monsiváis acaso sea uno de los ejemplos mejor logrados de cómo esa ironía, irreverencia, nos permite desanudar los rituales del caos, imaginar nuevas vías en la dualidad no resuelta tradición-modernidad.
Los orígenes de esta actitud o escritura (si es que eso existe) hay que retraerlo en las primeras lecturas del autor, como lo señala en una de las tantas entrevistas que le han hecho: “Yo creo que si algún sentido del humor tengo —cosa que enfáticamente niegan mis amigos y mi familia—, si alguno tengo, se debió a ese primer encuentro con Dickens, sobre todo en Las aventuras de Club Pickwick y de Mark Twain, Huckleberry Finn...”
Monsiváis nació el 4 de mayo de 1938. En breve celebraremos su cumpleaños 72. Según las malas lenguas no fue en la Portales donde ha vivido la mayor parte de su vida (Antonio Lazcano lo llama “el Quevedo de la Portales”), sino en La Merced. Más allá de los mitos. Con frecuencia su figura aparece en cafés y manifestaciones, en mesas redondas y conferencias solemnes, en el metro o haciendo cola en la librería Gandhi. No podemos decir, a pesar de su notable presencia que su obra sea objeto de aceptación unánime. Pero por otra parte llama la atención los pocos estudios que existen, uno de los cuales recientemente publicado proviene del campo académico estadounidense.
En un efusivo discurso por el premio Jorge Cuesta de literatura que se ofrece a Monsiváis hace casi 20 años, dice Elena Poniatowska: “Monsiváis no se ha distraído un segundo, no ha dejado de ser el escritor que quería ser. No ha apartado su voluntad de su objetivo salvo cuando suena su delicioso tormento, el teléfono y levanta la bocina, hace la voz de abuelita o de Arturo de Córdoba y se niega a sí mismo para entregarse en una risa limpia, vital, jovial, del intelectual que no pretende tomarse demasiado en serio”.
La imagen obligada. Copa en mano. Alrededor de la mesa bulle una legión de gatos y con la música del célebre poema de Guillermo Aguirre (“El brindis del bohemio”), decir: “Y sólo faltaba un brindis...”, el de Carlos. ¡Ánimo Carlos, sabremos que saldrás bien!
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*Texto publicado en Mediorama. Revista de medios, el domingo 25 de abril de 2010